El artículo 35 del nuevo Reglamento de Competencia no solo modificó una norma. Terminó de derribar uno de los principios que hacen grande a cualquier liga del mundo: la posibilidad de ganar un lugar en la élite y el riesgo de perderlo.
Con la oficialización de la desaparición del ascenso y descenso, la Liga MX deja de ser una competencia completamente abierta para convertirse, en los hechos, en un circuito protegido. Los equipos de Primera ya no tendrán que responder por sus malos resultados con el descenso, mientras que los clubes de Expansión podrán conquistar campeonatos sin que eso les permita llegar al máximo nivel.
El problema no es únicamente deportivo. También es un mensaje. Durante años se habló de fortalecer la infraestructura, profesionalizar a los clubes y preparar el regreso del ascenso. Incluso el debate llegó al Tribunal de Arbitraje Deportivo. Sin embargo, la decisión final fue otra: cerrar definitivamente la puerta.
La consecuencia inmediata es evidente. ¿Qué incentivo tiene un propietario para invertir millones en un club de Expansión si el premio deportivo más importante simplemente no existe? La respuesta explica por qué tantos proyectos han perdido fuerza y por qué el crecimiento de esa categoría parece haberse estancado.
Una liga sin consecuencias
En casi todas las grandes ligas del planeta existe un principio innegociable: los resultados tienen consecuencias. Los mejores ascienden. Los peores descienden. Ese mecanismo obliga a mejorar plantillas, invertir mejor y competir hasta la última jornada.
En México ocurre exactamente lo contrario. Un club puede encadenar torneos decepcionantes sin poner en riesgo su lugar en Primera División. La presión deportiva desaparece y, con ella, parte de la exigencia que históricamente elevó el nivel de las competiciones.
El argumento económico utilizado desde 2020 pudo entenderse en medio de una pandemia. Se habló de estabilidad financiera y de proteger a las instituciones. Seis años después, esa medida extraordinaria terminó convirtiéndose en una política permanente.
La mediocridad como modelo
El verdadero problema no es que no exista descenso. El problema es lo que representa. Es la normalización de un futbol donde el fracaso rara vez tiene consecuencias y donde el éxito deportivo tampoco garantiza una recompensa.
Mientras otras ligas buscan hacer sus torneos más competitivos, la Liga MX vuelve a enviar un mensaje contrario: la permanencia depende más de decisiones administrativas que del rendimiento sobre la cancha.
El futbol mexicano seguirá produciendo talento, llenando estadios y generando millones de aficionados. Pero cada vez será más difícil convencer al público de que todos compiten bajo las mismas reglas cuando algunos nunca pueden subir y otros nunca corren el riesgo de bajar.
La grandeza de un campeonato no se mide únicamente por sus ingresos o por el valor de sus franquicias. También se mide por la credibilidad de su competencia. Y en ese aspecto, el futbol mexicano acaba de dar un paso hacia atrás.
