La decisión llegó tarde… o demasiado pronto. A días de iniciar la Liguilla, Cruz Azul optó por cortar el proceso de Nicolás Larcamón, aun con el boleto asegurado a la fase final. No es solo un cambio de técnico: es un volantazo en plena curva.
El contexto lo explica todo. Nueve partidos sin ganar, eliminación en Concachampions y una sensación creciente de desgaste en el vestidor empujaron a la directiva a intervenir. Pero hacerlo en este punto del torneo transforma la medida en una apuesta de alto riesgo.
Un equipo que llega roto, pero vivo
La paradoja es evidente: Cruz Azul sigue siendo competitivo en la tabla, pero llega a la Liguilla con la inercia completamente rota. La salida de Larcamón busca cortar la caída, aunque también implica empezar desde cero en el momento menos indicado.
El interinato de Joel Huiqui no es un proyecto, es una reacción. Y en torneos cortos, reaccionar tarde suele costar caro. El equipo no solo necesita resultados, necesita recuperar identidad en cuestión de días.
El verdadero costo de la decisión
Larcamón no se va por una sola derrota ni por un error puntual. Se va porque el proyecto dejó de sostenerse en resultados. Pero también porque el futbol mexicano sigue privilegiando el impacto inmediato sobre la continuidad.
Romper un proceso antes de una Liguilla puede generar un efecto rebote… o profundizar el caos. No hay punto medio. Cruz Azul apostó por lo primero, pero la historia reciente de la Liga MX no suele ser indulgente con estas decisiones.
Más que un técnico, un mensaje
La salida del argentino también manda un mensaje interno: nadie está a salvo cuando la presión aprieta. Ni siquiera con el equipo clasificado. Eso puede activar al plantel… o fracturarlo aún más.
Porque ahora la pregunta ya no es qué equipo era Cruz Azul con Larcamón. La pregunta es mucho más incómoda: qué versión aparecerá cuando el margen de error ya no exista.
Y en Liguilla, ese tipo de dudas suelen pagarse en eliminaciones.


