Muchos ven las goleadas como si fueran meros accidentes del destino. Como si un equipo se levantara con el pie izquierdo y, de la nada, le clavaran ocho goles sin que nadie entienda bien qué pasó. La neta es más cruda: las palizas históricas en la Liga MX no son sorpresas. Son confesiones. Hablan de estructuras que ya estaban rotas, de directivos que se quedaron dormidos y de planteles que llegaron a la cancha —quién sabe cómo— sin estar listos para el alto rendimiento.
Y lo que casi nadie nota es que detrás de cada marcador de escándalo hay una pregunta que incomoda: ¿cómo se llega a este punto? No es mala suerte. Tampoco es una mala noche. Es negligencia pura disfrazada de resultado deportivo.
El récord que no se toca
Pachuca 9-2 Veracruz en el Clausura 2019. Ese es el techo de los torneos cortos, aunque la cifra se queda corta para explicar el baile. Leonardo Ulloa metió tres, Franco Jara hizo dos, Víctor Guzmán otros dos y hasta Edwin Cardona se anotó en la lista. No fue un partido de fútbol. Fue una ejecución en toda regla.
Pero aquí está el detalle que todos esquivan: Veracruz no solo estaba en crisis. Era un colapso institucional total (de esos que dan pena ajena). Hay una diferencia enorme. Una cosa es que te goleen en un mal día y otra es que tu directiva sea tan frágil que dejes que un rival te abra en canal. Eso no es deporte; es mala administración exhibida ante miles.
Antes de Pachuca estaba aquel Pumas 8-0 Veracruz de 2007. Diecinueve años después, nadie ha igualado esa cifra en torneos cortos. Y eso también dice algo: parece que, tras casi dos décadas, los equipos mexicanos aprendieron a no llegar a esos extremos de desorganización. O al menos, a ocultarlos mejor.
Cuando la goleada es un síntoma
Lo que importa no es el marcador final, sino lo que nos dice de nuestra liga en ese momento exacto. Toluca 7-0 Tigres en 2006, América 7-0 Cruz Azul en 2022, Tigres 7-0 Puebla en 2025 y el ya mencionado baile de Pumas. Cuatro ejemplos con el mismo nivel de humillación. No es casualidad. Es un patrón sistémico.
Cada una de esas palizas reflejó la realidad del momento. Toluca era el amo. América vivía una superioridad táctica brutal. Y todo apunta a que Tigres, en 2025, simplemente se aprovechó de un Puebla que no metió ni las manos. Pero la duda sigue ahí: ¿por qué dejamos que la brecha sea tan grosera?
Porque eso es lo que nadie quiere decir en voz alta. Las goleadas de siete, ocho o nueve goles no son victorias épicas. Son fracasos defensivos de proporciones casi criminales. Son entrenamientos, no partidos. Son equipos que llegaron sin preparación, sin estructura y sin la menor idea de qué hacer cuando el rival decidió jugar en serio.
La narrativa que nos vende el fútbol
Cuando cae una goleada así, la prensa repite el mismo guion. Al ganador lo pintan como un gigante invencible. Al perdedor lo tachan de desastre nacional. Pero nadie señala a los responsables de que un equipo profesional se presente a jugar sin lo mínimo para competir. Es de no creerse.
A Diego Aguirre le dieron las gracias después de que Cruz Azul se comiera siete. Es lógico; la directiva no puede tapar el sol con un dedo cuando el número es tan obvio. Pero, ¿cuántas goleadas de 3-0 o 4-0 nos tragamos sin decir nada porque el marcador no es lo suficientemente escandaloso?
La diferencia entre una goleada que genera consecuencias y una que se olvida es solo de escala. El problema de fondo es exactamente el mismo.
Lo que las palizas revelan sobre nosotros
Veracruz se llevó dos de las peores tundas de la era moderna. No fue mala suerte, fue un equipo que entró a la Liga MX —con el visto bueno de los dueños— sin estar preparado. Y ese es el clavo: no hay filtros. No existe un mecanismo real que impida que un club llegue en condiciones tan precarias que le metan nueve.
En otros países esto desata investigaciones. Aquí solo sirve para llenar la primera plana y luego se olvida. Al fútbol mexicano le encanta la anécdota por encima del análisis. Prefieren recordar los tres goles de Esteban Solari que cuestionar por qué la defensa jarocha estaba tan perdida que permitía eso.
Y eso, al final, es lo que estas goleadas históricas realmente significan. No son epopeyas. Son síntomas de una industria que tolera demasiada incompetencia, que celebra demasiado fácilmente y que reflexiona muy poco sobre lo que esos números dicen de verdad.
El cierre incómodo
Tigres se quedó a un suspiro de igualar el récord de Pumas en 2025. La plática fue sobre qué tan cerca estuvieron, pero nadie cuestionó por qué el Puebla se presentó así. Nadie quiso preguntar qué falla en el sistema permite que esto siga pasando. Quizá porque la respuesta nos dejaría claro que, en esta liga, el espectáculo importa más que la competencia real. ¿Hasta cuándo vamos a seguir celebrando marcadores que solo esconden mediocridad?


