El golpe japonés llegó cuando Brasil todavía intentaba acomodarse al partido. Kaishu Sano aprovechó una pérdida en el medio campo y convirtió el 1-0 con un disparo desde la frontal, suficiente para cambiar el clima del encuentro y poner a la pentacampeona frente a una amenaza real de eliminación.
Japón no solo se adelantó: también sostuvo el partido con orden, disciplina y una defensa que le quitó comodidad a Brasil durante buena parte del primer tiempo. La selección asiática volvió a mostrar que su crecimiento internacional ya no pertenece al terreno de las promesas, sino al de los equipos capaces de competirle de frente a cualquiera.
Brasil encontró respuestas cuando el reloj apretaba
La reacción brasileña apareció en la segunda mitad. Casemiro empató con un cabezazo tras un centro de Gabriel Magalhães y devolvió a Brasil a un partido que empezaba a llenarse de nervios. A partir de ahí, la Canarinha empujó más por necesidad que por control absoluto.
Vinicius Júnior estuvo cerca de firmar una de las jugadas del torneo, pero Suzuki y el poste mantuvieron con vida a Japón. El empate parecía arrastrar el duelo a la prórroga, hasta que Gabriel Martinelli apareció en el minuto 95 para marcar el 2-1 y liberar a Brasil de una noche incómoda en Houston.
Una victoria que deja alivio, no plenitud
Brasil avanzó a octavos de final, pero lo hizo con una advertencia clara. El equipo de Carlo Ancelotti tuvo que sufrir, corregir y esperar hasta el último suspiro para eliminar a una selección japonesa que volvió a quedarse cerca de una victoria histórica en fase de eliminación directa.
El triunfo mantiene viva a la Canarinha y la coloca en la siguiente ronda, donde enfrentará al ganador del duelo entre Costa de Marfil y Noruega. Brasil sigue en carrera, sí, pero este partido dejó una lectura inevitable: para pelear por el título no le bastará con reaccionar tarde.
