Hay una frase que Francisco Iturbide, presidente de la Liga BBVA MX, ha tenido que repetir con distintas palabras pero el mismo fondo durante los últimos años: "Ha sido una negativa, es una realidad que no se nos ha permitido regresar." La dijo esta semana, en agosto de 2026, casi como quien informa un resultado ya sabido de antemano. No es la primera vez que la Liga MX toca esa puerta. Tampoco será, probablemente, la última.
El dato de fondo es simple y contundente: los clubes mexicanos no juegan la Copa Libertadores desde 2016. Diez años. Una generación completa de futbolistas que debutó, floreció y en varios casos se retiró sin haber sentido lo que sí sintieron sus antecesores: enfrentar a River, a Boca, a Palmeiras o a Independiente en un torneo que, durante casi dos décadas, integró a México como si fuera una confederación más.
La última vez que México fue sudamericano
Entre 1998 y 2016, equipos mexicanos participaron de manera regular en la Libertadores por invitación de Conmebol, un experimento poco común en el fútbol de clubes: mezclar equipos de dos confederaciones distintas en el mismo torneo continental. El punto más alto de esa etapa fue 2015, cuando Tigres llegó hasta la final y cayó ante River Plate. Fue, hasta hoy, el techo mexicano en el torneo: la prueba de que la convivencia funcionaba también en lo deportivo, no solo en lo comercial.
Un año después, en 2016, la fiesta terminó. Pumas, Toluca y Puebla fueron los últimos representantes aztecas, con los universitarios llegando a cuartos de final como despedida. Lo que siguió fue una salida silenciosa, sin anuncio dramático, simplemente explicada por un problema que nunca se resolvió del todo: el choque de calendario entre la Libertadores y la agenda propia de Concacaf, empezando por su Champions Cup (antes Liga de Campeones Concacaf).
Una negativa que se repite cada par de años
Lo llamativo del episodio de 2026 no es la respuesta —negativa—, sino el patrón. En diciembre de 2023, Víctor Montagliani, entonces presidente de Concacaf, ya había cerrado la puerta con una frase sin matices: el regreso estaba "completamente descartado". Los reportes de 2024 y 2025 confirmaron esa postura, atribuida tanto a cuestiones de calendario como a una línea institucional de FIFA. Y ahora, en agosto de 2026, Iturbide y el presidente ejecutivo de la Federación Mexicana, Ivar Sisniega, confirman que la respuesta sigue siendo la misma: no.
"La Liga MX y la Federación Mexicana hemos hecho solicitudes tanto a Concacaf como a FIFA para participar como invitados", explicó Iturbide, describiendo un mecanismo distinto al que existió entre 1998 y 2016: ya no se trata de una membresía regular, sino de pedir un espacio como invitados, calco de lo que las selecciones ya hacen en torneos como la Copa América o la Copa Oro ampliada. La diferencia, según el propio dirigente, es que FIFA traza una línea que las selecciones nacionales no tienen: "no quieren que las competencias de confederaciones puedan integrarse" a nivel de clubes.
El obstáculo no es solo Conmebol
Aquí está el matiz que suele perderse en la conversación pública: la resistencia no viene únicamente de Sudamérica. De hecho, en mayo de 2026 —apenas tres meses antes de esta última negativa— circuló una narrativa distinta, alentada en parte por gestiones de TelevisaUnivision con la dirigencia de Conmebol. El propio presidente del organismo sudamericano, Alejandro Domínguez, se mostró abierto a la idea de una reincorporación mexicana, siempre que Conmebol y Concacaf negociaran las condiciones entre sí, con un horizonte tentativo de 2027-2028 y beneficios ampliados para los equipos centroamericanos y caribeños como moneda de cambio política.
Ese optimismo de mediados de año choca de frente con la versión de agosto: quien frena el regreso, según Iturbide, no es tanto Conmebol como Concacaf y, sobre todo, FIFA, que sostiene una política general contra la mezcla de clubes entre confederaciones distintas. Es decir, incluso si Sudamérica quisiera abrir la puerta —y hay indicios de que una parte de su dirigencia sí quiere—, el candado institucional está en otro lado.
Lo que México pierde mientras espera
La ausencia no es solo simbólica. Para clubes como América, Cruz Azul, Chivas o Monterrey —todos con pasado libertador— la Libertadores representaba algo que la actual Champions Cup de Concacaf no replica del todo: un examen de nivel distinto, con rivales de una liga que exporta talento a Europa de manera constante y que mide a sus clubes contra un estándar competitivo diferente al regional. Diez años después, la generación de futbolistas mexicanos que hoy tiene entre 25 y 30 años nunca vivió esa experiencia como profesional en su propio país.
Mientras tanto, la posición oficial de la Liga MX y la Federación, según confirmaron Sisniega e Iturbide esta semana, es de espera activa: monitorear cualquier cambio en la postura de FIFA y estar listos para insistir de nuevo si la política se mueve. No es una rendición, pero tampoco es un plan con fecha. Es, otra vez, tocar la misma puerta y esperar un sonido distinto del otro lado.
La pregunta que queda flotando no es si México quiere volver —eso está claro desde hace una década de solicitudes repetidas— sino si el fútbol mundial, cada vez más celoso de sus fronteras confederativas, todavía tiene espacio para una excepción como la que existió entre 1998 y 2016. Por ahora, la respuesta sigue siendo la misma de siempre.
