Cuando sonó el silbatazo final en Dallas, la sensación era inequívoca: España no solo había eliminado a Francia, había impuesto su manera de entender el fútbol. Con una victoria por 2-0 sobre la selección que llegaba invicta al torneo, el equipo de Luis de la Fuente regresó a una final de la Copa del Mundo 16 años después y quedó a un triunfo de conquistar su segunda estrella.
El marcador reflejó la superioridad española. Mikel Oyarzabal abrió el camino desde el punto penal tras una jugada provocada por la insistencia de Lamine Yamal, mientras que Pedro Porro sentenció el encuentro en la segunda mitad culminando una brillante combinación colectiva. Fueron los dos golpes de un equipo que nunca perdió el control del partido.
España ganó desde el balón
Francia llegó a la semifinal con pleno de victorias y el ataque más temido del campeonato, liderado por Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé y Michael Olise. Sin embargo, encontró enfrente a una selección que monopolizó la posesión, redujo espacios y convirtió cada recuperación en una nueva secuencia de pases.
Rodri volvió a marcar el ritmo del encuentro acompañado por Fabián Ruiz, Dani Olmo y Álex Baena, mientras la defensa encabezada por Aymeric Laporte y Pau Cubarsí apenas concedió oportunidades claras. Mbappé fue obligado a retroceder constantemente para entrar en contacto con el balón, una muestra del dominio territorial ejercido por España.
Una exhibición colectiva rumbo al título
Lejos de depender de individualidades, la Roja volvió a demostrar que su mayor fortaleza está en el funcionamiento colectivo. Incluso con futbolistas como Pedri y Nico Williams iniciando desde el banquillo, el equipo mantuvo una identidad reconocible, presionó con inteligencia y administró la ventaja sin renunciar al ataque.
Los minutos finales transcurrieron entre largas posesiones españolas y los olés de la afición, una imagen poco habitual frente a una selección del calibre de Francia. El conjunto de Didier Deschamps nunca encontró respuestas para romper el orden de su rival.
España disputará ahora la segunda final mundialista de su historia con la posibilidad de conquistar un nuevo título. Más allá del resultado, la semifinal dejó una certeza: la Roja llega al último partido del torneo jugando el mejor fútbol del campeonato.
