El 24 de septiembre de 2022, Roger Federer perdió su último partido de tenis profesional en la O2 Arena de Londres. Jugaba dobles junto a Rafael Nadal, en la Laver Cup, con Novak Djokovic y Andy Murray sentados en la misma banca por primera y única vez en la historia. Lloró. El mundo lloró con él. Fue, sin discusión, una de las despedidas más hermosas que ha dado el deporte moderno.
Pero no fue en un Grand Slam. Y mucho menos fue en el US Open, el torneo donde Federer construyó una de las rachas más dominantes que ha visto el tenis: cinco títulos consecutivos entre 2004 y 2008, una marca que comparte con Pete Sampras y Jimmy Connors en la Era Abierta y que ningún jugador ha vuelto a acercarse a igualar desde entonces. Su última aparición competitiva ahí fue en 2019, unos cuartos de final perdidos ante Grigor Dimitrov que, en su momento, nadie leyó como una despedida porque no tenía por qué serlo.
Ese es el hueco que esta noche, en el Arthur Ashe Stadium, se propone llenar. No con nostalgia forzada ni con un anuncio de retorno — Federer fue explícito al respecto, comparándose con Serena Williams para descartar cualquier lectura de comeback competitivo —, sino con algo más simple: dejarlo pisar, una vez más, la cancha donde fue rey durante media década, con la gente que estuvo ahí para verlo.
Una noche, dos duelos, cuatro nombres que ya son historia
El evento, parte de la Fan Week que el US Open organiza antes del arranque del cuadro principal, tiene una estructura sencilla: primero, un singles a un set entre Federer y Andy Roddick, con punto decisivo en caso de empate; después, un dobles que empareja a Federer con John McEnroe contra Roddick y Andre Agassi. Cuatro apellidos que, juntos, resumen buena parte de la historia reciente del tenis estadounidense y suizo en Flushing Meadows.
La elección de Roddick no es casual. Se enfrentaron 24 veces como profesionales, con 21 victorias para Federer — una rivalidad desigual en el marcador pero cargada de significado simbólico, porque Roddick fue durante años la última gran esperanza de un título de Grand Slam para Estados Unidos, y Federer, más de una vez, fue quien se lo impidió. Agassi y McEnroe, por su parte, aportan la capa generacional: dos campeones de este mismo torneo, de épocas distintas, que vieron nacer y consolidarse la leyenda suiza desde perspectivas opuestas — uno como rival tardío, otro como comentarista y voz crítica que terminó rindiéndose ante la evidencia.
Lo que Federer sí dijo, y lo que evitó decir
Federer resumió su expectativa con una frase dirigida directamente a la ciudad: espera "estar de regreso en Nueva York y agregar nuevos recuerdos a los tantos especiales a lo largo de los años". Es un lenguaje cuidadosamente elegido — habla de sumar recuerdos, no de cerrar una etapa que, insiste, ya cerró en 2022. En otras declaraciones alrededor del evento reconoció, sin embargo, una nostalgia más cruda: "Es una pena no estar ya en el circuito, pero fue una época maravillosa y la extraño mucho".
Ahí está la tensión real de esta noche, más interesante que cualquier resultado que pueda salir de un set de exhibición: un hombre que asegura haber hecho las paces con el retiro, volviendo al único escenario grande de su carrera que nunca tuvo la oportunidad de despedirlo en persona. Wimbledon lo vio perder su última final. Melbourne y París lo vieron evolucionar y, a veces, sufrir. Nueva York, en cambio, solo lo vio ganar y ganar, hasta que dejó de aparecer sin que nadie —ni él mismo— lo planeara así.
Un torneo que también necesitaba esto
Para el US Open, este tipo de eventos de Fan Week se han vuelto, año con año, una pieza cada vez más central de su identidad comercial y emocional: la manera de mantener presentes a las leyendas que ya no compiten en un deporte que, últimamente, vive obsesionado con la sucesión — con quién hereda el trono de la generación de Federer, Nadal y Djokovic. Traer de vuelta a cuatro nombres de ese calibre, en la antesala de un nuevo cuadro principal, no es solo un gesto sentimental: es también una manera de recordarle al público qué nivel de espectáculo dejó esa era, justo cuando el torneo necesita vender la siguiente.
Nadie en Flushing Meadows espera tenis de altísimo nivel esta noche, y esa nunca fue la propuesta. Lo que se espera es algo distinto y, en cierto modo, más difícil de programar: que una ciudad que vio a Federer ganar cinco veces seguidas, y que nunca tuvo la chance de aplaudirlo por última vez desde las gradas del Ashe, finalmente pueda hacerlo. Cuatro años tarde, pero a tiempo.
