Hablar de Messi es hablar de fútbol. De goles que parecían imposibles, de defensas que sabían lo que iba a hacer y aun así no podían detenerlo, de noches de Champions League, Balones de Oro y una carrera que durante casi dos décadas convirtió lo extraordinario en algo cotidiano. Pero hablar de Lionel Messi con Argentina es hablar de una historia distinta, una que durante años pareció destinada a quedar incompleta.
Messi ganó prácticamente todo antes de poder ganar con su país. Mientras en Barcelona acumulaba títulos y se instalaba en la discusión sobre el mejor futbolista de todos los tiempos, cada regreso a la Selección Argentina traía consigo la misma pregunta: ¿por qué no podía reproducir con la Albiceleste lo que hacía cada semana en Europa? Perdió finales, convivió con la comparación inevitable con Diego Armando Maradona, llegó a renunciar a la selección y terminó regresando para perseguir aquello que parecía negársele.
Este lunes, Lionel Messi anunció su retiro de la Selección Argentina y puso punto final a una relación de más de dos décadas. Se marcha después de 207 partidos y 125 goles con la selección mayor, como campeón del mundo, bicampeón de América y dueño de los principales récords individuales de la Albiceleste. Los números explican la dimensión del futbolista; la historia de cómo llegó hasta ellos explica mucho mejor lo que Messi terminó significando para Argentina.
Antes de ser campeón, Messi tuvo que aprender a perder con Argentina
La fotografía final puede engañar. Hoy resulta difícil separar a Messi de la imagen levantando la Copa del Mundo en Qatar, rodeado por sus compañeros y finalmente dueño del trofeo que había perseguido durante toda su carrera. Sin embargo, durante buena parte de su trayectoria internacional ocurrió exactamente lo contrario: cada torneo con Argentina parecía agregar una nueva explicación sobre aquello que todavía le faltaba.
Su historia con la selección mayor comenzó el 17 de agosto de 2005 ante Hungría. Messi tenía 18 años, ingresó desde el banco y su debut terminó casi inmediatamente con una expulsión. Un año después disputó su primer Mundial en Alemania 2006 y comenzó un recorrido que continuaría por Sudáfrica 2010 y Brasil 2014, donde finalmente estuvo a una victoria de alcanzar aquello que Argentina esperaba de él.
La Albiceleste llegó a la final de Brasil 2014 y llevó a Alemania hasta el tiempo extra antes de caer por el gol de Mario Götze. Messi recibió el Balón de Oro como mejor futbolista del torneo, pero la imagen del argentino pasando junto a la Copa del Mundo antes de recibir el premio terminó siendo mucho más poderosa que el reconocimiento individual. Había llegado hasta el último partido y, otra vez, lo que se recordaba era lo que no había podido ganar.
Dos derrotas más y una renuncia que parecía definitiva
El golpe de Brasil no fue el último. Argentina alcanzó la final de la Copa América 2015 y volvió a quedarse sin título después de perder ante Chile en penales. Un año más tarde, en la Copa América Centenario, la historia se repitió frente al mismo rival: empate después de 120 minutos, definición desde los once pasos y otra derrota argentina. Messi falló su penal y terminó la noche anunciando que su etapa con la selección había terminado.
Tenía apenas 29 años, pero cargaba con tres finales importantes perdidas de manera consecutiva y con una presión que ningún título conseguido con Barcelona parecía capaz de aliviar. La frase pronunciada aquella noche parecía cerrar definitivamente su historia internacional. Sin embargo, el retiro duró apenas unas semanas. Messi reconsideró la decisión y regresó a una selección con la que todavía tenía una deuda que, en realidad, ya se había convertido en una obsesión colectiva.
Durante años Argentina le pidió que fuera Maradona
La comparación con Diego Armando Maradona acompañó a Messi prácticamente desde el momento en que quedó claro que Argentina había producido a otro futbolista fuera de serie. Maradona había sido el gran protagonista del campeonato mundial de México 1986 y esa Copa terminó convirtiéndose en la vara con la que se medía a su sucesor. Messi podía ganar Champions League, romper récords goleadores y acumular Balones de Oro, pero cualquier discusión sobre su lugar en la historia argentina terminaba chocando contra la misma pregunta: ¿y el Mundial?
El cuestionamiento fue mucho más allá de los títulos. Durante distintas etapas de su carrera se discutió su personalidad, su liderazgo e incluso su relación emocional con Argentina. Haber dejado Rosario cuando era niño para formarse en Barcelona alimentó durante años una narrativa absurda pero persistente: para algunos, Messi parecía más conectado con el club catalán que con el país al que representaba. Cada derrota con la selección volvía a abrir una discusión que prácticamente nunca existía cuando vestía la camiseta del Barcelona.
La relación comenzó a cambiar cuando Argentina dejó de esperar que Messi reprodujera a Maradona y empezó a construir una selección que aprovechara al futbolista que realmente tenía. El proceso no fue inmediato, pero terminó encontrando su punto de equilibrio con Lionel Scaloni.
Scaloni construyó una Argentina que acompañó a Messi
La llegada de Scaloni transformó mucho más que nombres y sistemas. Argentina comenzó a rodear a Messi con una generación que no parecía intimidada por su figura y que entendía que jugar alrededor del número 10 no significaba entregarle toda la responsabilidad. Emiliano Martínez, Rodrigo De Paul, Lautaro Martínez, Julián Álvarez, Cristian Romero, Alexis Mac Allister y posteriormente Enzo Fernández formaron parte de un grupo que convirtió a la selección en un equipo mucho más equilibrado.
Messi seguía siendo el centro creativo y emocional, pero ya no tenía que resolver cada partido por su cuenta. La selección encontró intensidad sin balón, personalidad en momentos de presión y futbolistas capaces de asumir responsabilidades cuando su capitán no podía hacerlo. Esa transformación terminó produciendo en pocos años todos los títulos que Messi había perseguido durante más de una década.
El Maracaná cambió definitivamente la historia
El 10 de julio de 2021 llegó el momento que cambió la relación entre Messi y la Selección Argentina. La Albiceleste derrotó 1-0 a Brasil en el Maracaná con gol de Ángel Di María y conquistó la Copa América. Después de 16 años con la selección mayor y cuatro finales perdidas, Messi finalmente levantaba un gran título internacional.
La reacción de sus compañeros después del silbatazo final explicó mejor que cualquier discurso lo que representaba aquella noche. Corrieron hacia Messi, lo rodearon y terminaron levantándolo sobre el césped del Maracaná. El título pertenecía a toda Argentina, pero dentro del grupo existía plena conciencia de que también estaban cerrando una de las heridas que había acompañado a su capitán durante prácticamente toda su carrera.
Lo paradójico es que, después de tardar tanto en ganar el primero, los títulos comenzaron a llegar rápidamente. Argentina derrotó a Italia en Wembley para conquistar la Finalissima de 2022 y llegó al Mundial de Qatar convertida en una selección que, por primera vez en mucho tiempo, parecía construida para competir sin cargar exclusivamente sobre los hombros de Messi.
Qatar convirtió la persecución en legado
El Mundial de 2022 comenzó con una derrota inesperada ante Arabia Saudita que puso inmediatamente a Argentina contra las cuerdas. El segundo partido, frente a México, se convirtió prácticamente en una eliminación anticipada y fue Messi quien abrió el camino con un disparo desde fuera del área cuando el encuentro comenzaba a llenarse de ansiedad. A partir de ahí, su torneo fue creciendo junto con el de la selección.
Messi marcó y generó juego durante las eliminatorias, protagonizó una actuación memorable frente a Croacia en semifinales y llegó a la final contra Francia con la posibilidad de resolver definitivamente la única discusión que todavía perseguía su carrera. Marcó dos veces durante el partido y convirtió también en la tanda de penales antes de que Gonzalo Montiel asegurara el campeonato argentino.
La imagen de Messi levantando la Copa del Mundo el 18 de diciembre de 2022 cambió para siempre la lectura de su trayectoria internacional. Ya no existía el título pendiente ni la comparación construida alrededor de aquello que Maradona había conseguido y él no. Las derrotas de 2014, 2015 y 2016 dejaron de representar el desenlace de su historia y pasaron a convertirse en capítulos de una persecución que había terminado exactamente donde siempre quiso.
Argentina dejó de perseguir títulos y comenzó a defenderlos
El cambio fue tan profundo que para 2024 Argentina ya no llegaba a los torneos preguntándose si Messi finalmente podría ganar con su selección. Llegaba como campeona del mundo y defensora de la Copa América. La Albiceleste volvió a conquistar el torneo continental y Messi añadió otro título a una etapa que contrastaba completamente con los primeros 15 años de su carrera internacional.
Durante mucho tiempo, cada competencia había parecido una última oportunidad para corregir algo. Después de Qatar, Messi comenzó a jugar sin esa deuda. Los títulos dejaron de funcionar como pruebas de grandeza y se convirtieron simplemente en nuevas páginas de una carrera que ya tenía todo aquello que alguna vez se utilizó para cuestionarla.
Seis Mundiales y veinte años después
Messi terminó disputando seis Copas del Mundo: Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Qatar 2022 y Norteamérica 2026. El recorrido permite medir de otra manera la extensión de su carrera: pasó de ser un adolescente que esperaba minutos desde el banco a convertirse en el capitán alrededor del cual se construyó una generación campeona.
En ese trayecto disputó tres finales mundialistas. Perdió la primera contra Alemania en 2014, levantó la Copa frente a Francia en 2022 y volvió al partido definitivo en 2026, ya con 39 años. España impidió el último final perfecto al derrotar 1-0 a Argentina, pero aquella derrota tuvo un significado completamente diferente a la de Brasil doce años antes. Messi ya no abandonaba el estadio cargando con una deuda; lo hacía después de haber completado prácticamente todos los capítulos posibles con su selección.
Los récords cuentan una parte de la historia
Messi se retira después de 207 partidos y 125 goles con la selección mayor, cifras que lo colocan como el futbolista con más apariciones y el máximo goleador en la historia de Argentina. A ellas se suman seis participaciones mundialistas, tres finales de Copa del Mundo, dos títulos de Copa América, una Finalissima y el campeonato mundial conquistado en Qatar.
Son números extraordinarios, pero utilizarlos como única medida de su carrera internacional sería perder precisamente aquello que hizo diferente esta historia. Messi no fue simplemente el futbolista que terminó rompiendo casi todos los récords argentinos; fue también el jugador cuya relación con su selección cambió de manera radical frente a los ojos de una misma generación de aficionados.
Durante años fue el genio al que supuestamente le faltaba algo. Después fue el capitán que seguía intentándolo. Finalmente se convirtió en el futbolista levantando la Copa del Mundo mientras millones de argentinos celebraban una imagen que habían esperado durante décadas. Pocos jugadores han vivido una transformación semejante sin cambiar de camiseta.
Argentina ahora enfrenta una pregunta completamente nueva
Durante veinte años cambiaron los entrenadores, los compañeros, los sistemas tácticos y las generaciones que acompañaron a la selección. Messi permaneció como el único elemento constante. Incluso cuando una lesión o una decisión técnica lo dejaban fuera de alguna convocatoria, siempre existía la certeza de que podía regresar para el siguiente partido.
Eso es precisamente lo que cambia con su retiro. La próxima Argentina sin Messi no será una selección esperando que vuelva; será la primera obligada a construir una identidad sabiendo que ya no lo hará. Habrá otro futbolista con el número 10, otro capitán levantará la voz en el vestidor y aparecerán nuevas figuras alrededor de las cuales se intentará construir el siguiente ciclo, pero ninguna podrá ocupar exactamente el espacio que deja una presencia de dos décadas.
La tentación inevitable será buscar al próximo Messi. Argentina probablemente hará mejor en evitarla. Durante años cometió el error de pedirle al propio Lionel que fuera el próximo Maradona y necesitó mucho tiempo para comprender que su grandeza tenía una forma diferente. Repetir ahora el mismo proceso con otra generación sería ignorar una de las principales lecciones que deja su carrera.
Hablar de Messi es hablar de fútbol, pero en Argentina terminó significando algo todavía más grande: hablar de una generación completa que lo vio llegar como adolescente, convertirse en el mejor del mundo, perder con su selección, ser cuestionado, renunciar, regresar y finalmente levantar la Copa que parecía definir todo aquello que todavía le faltaba.
Durante buena parte de su carrera, la historia de Lionel Messi con Argentina fue contada a partir de una ausencia. Siempre faltaba una Copa América, un Mundial o una respuesta definitiva a la comparación con quienes habían estado antes.
Veinte años después, Messi se va dejando exactamente lo contrario: una Selección Argentina que por primera vez tendrá que descubrir cómo llenar el enorme espacio de alguien que ya no dejó nada pendiente.
