Palermo, 24 de marzo de 2022: el minuto que lo cambió todo
Aleksandar Trajkovski recibió el balón en el borde del área en el minuto 92. Tres italianos lo rodeaban. Ninguno lo tocó. Controló, acomodó el cuerpo y disparó un derechazo cruzado que se coló junto al poste izquierdo de Donnarumma. Macedonia del Norte 1, Italia 0. Final. La campeona de Europa, la selección que había encadenado 37 partidos sin perder hasta pocos meses antes, quedaba fuera del Mundial de Qatar. Por segunda vez consecutiva. Cuatro años antes, Suecia había conseguido lo mismo en San Siro. Italia tuvo 32 remates aquella noche en Palermo. Marcó cero goles. La imagen de Jorginho con las manos en la cabeza se convirtió en el símbolo de una crisis que nadie dentro de la Federación Italiana supo anticipar.
Hoy, cuatro años después, Italia está exactamente donde prometió no volver a estar: en un repechaje, dependiendo de un partido único para evitar la catástrofe. La sede es otra —Bérgamo, no Palermo—. El técnico es otro —Gennaro Gattuso, no Roberto Mancini—. El rival también —Irlanda del Norte, no Macedonia del Norte—. Pero la pregunta es la misma que en 2022 y en 2018: ¿puede la tetracampeona del mundo fallar de nuevo?
Doce años sin Mundial: la anomalía más larga del fútbol italiano
Italia ganó su última Copa del Mundo en 2006. Desde entonces, su historial mundialista es un catálogo de decepciones progresivas. En Sudáfrica 2010 fue eliminada en la fase de grupos. En Brasil 2014, también. Para Rusia 2018 ni siquiera clasificó: Suecia la eliminó en el repechaje con un 1-0 en Estocolmo y un empate sin goles en Milán. Para Qatar 2022, el golpe de Macedonia del Norte en Palermo fue aún más humillante. Un equipo que en el ranking FIFA ocupaba el puesto 67 sacó a la vigente campeona de Europa con un gol en tiempo añadido.
La Azzurra no juega una fase eliminatoria de un Mundial desde Alemania 2006. No supera una desde ese mismo torneo. Veinte años. Dos décadas en las que Italia pasó de levantar la Copa a convertirse en una selección que genera más ansiedad que expectativa cada vez que llega un ciclo mundialista. Si pierde hoy en Bérgamo, será la primera selección tetracampeona en ausentarse de tres Mundiales consecutivos. Un récord que nadie en la Federación quiere ni mencionar.
Gattuso en Bérgamo: la decisión que revela la presión
Gennaro Gattuso asumió el cargo con una misión explícita: llevar a Italia al Mundial 2026. Su historial como entrenador incluye pasos por el Sion suizo, el OFI Creta griego, el Valencia, el Marsella, el Hajduk Split y varios clubes italianos, con una Copa Italia ganada al frente del Napoli en 2020 como logro principal. No es un técnico de élite por palmarés, pero tiene algo que la Federación necesitaba: carácter, credibilidad interna y una conexión emocional con la historia azzurra. Fue campeón del mundo como jugador en 2006.
Su primera decisión simbólica fue la sede. En lugar de jugar en San Siro —donde el recuerdo del empate sin goles ante Suecia en 2017 todavía pesa— o en Roma, Gattuso eligió Bérgamo. El New Balance Arena, casa del Atalanta, tiene capacidad para poco más de 21.000 espectadores. Es más pequeño, más ruidoso, más hostil. Gattuso lo explicó con una franqueza que definió su gestión: en San Siro hay hinchas de Inter y Milan que si das un mal pase, te silban. En Bérgamo, la gente empuja.
La lectura es clara: Gattuso no quiere un escenario grandioso. Quiere un escenario que presione al rival, no a sus propios jugadores. Después de dos eliminaciones en las que la presión ambiental devoró al equipo italiano, buscar un estadio donde la atmósfera trabaje a favor es una decisión táctica tanto como logística.
La Italia de Gattuso: verticalidad y un argentino en punta
Los resultados recientes avalan el cambio de enfoque. Italia acumula cinco victorias en sus últimos seis partidos. En las eliminatorias del Grupo I, terminó segunda con 18 puntos en ocho jornadas —seis triunfos y dos derrotas, ambas contra una Noruega que cerró el grupo con puntaje perfecto—. El equipo ya no es el bloque de posesión estéril que estrelló 32 remates contra Macedonia del Norte sin marcar. Gattuso ha impuesto un juego más directo, con transiciones rápidas y un énfasis en la verticalidad que aprovecha los recursos individuales del plantel.
El sistema habitual es un 3-5-2 que muta a 3-4-2-1 según la fase del juego. Alessandro Bastoni lidera la defensa junto a Riccardo Calafiori y Gianluca Mancini. Federico Dimarco y Andrea Cambiaso —o Matteo Politano, dependiendo del esquema— ocupan los carriles. En el centro, la dupla Nicolò Barella-Manuel Locatelli combina dinámica y contención, con Davide Frattesi como alternativa de llegada desde segunda línea.
Arriba, la carta principal lleva un nombre poco convencional para una selección italiana: Mateo Retegui. Nacido en Buenos Aires, nacionalizado italiano por vía familiar, Retegui se ha convertido en el goleador que Italia necesitaba. Junto a él, Moise Kean o Pio Esposito completan la dupla ofensiva. Gianluigi Donnarumma, a pesar de los fantasmas de Palermo, sigue siendo el portero titular. A los 27 años, el meta del PSG necesita que esta noche sea distinta.
Irlanda del Norte: poco que perder, mucho que soñar
La última vez que Irlanda del Norte jugó un Mundial fue en México 1986. Han pasado cuarenta años. Antes de eso, estuvieron en España 1982 y en Suecia 1958, donde precisamente eliminaron a Italia en la fase de clasificación con una victoria 2-1 en el partido decisivo. La historia tiene esa clase de simetrías incómodas.
Irlanda del Norte no llegó a este repechaje por su eliminatoria —terminó última del Grupo A, detrás de Alemania, Eslovaquia e incluso Irlanda del Norte—. Accedió por su desempeño en la Nations League, que otorga plazas adicionales a selecciones con buen rendimiento en esa competición. Es, en el papel, el rival más débil de todo el repechaje europeo. De los 27 convocados por Michael O'Neill, solo tres militan en primera división: Trai Hume en el Sunderland, Justin Devenny en el Crystal Palace y Brad Lyons en el Kilmarnock escocés. El resto juega en Championship, League One o ligas menores.
Las bajas complican aún más el panorama. Conor Bradley, lateral del Liverpool y considerado el mejor futbolista norirlandés en activo, no estará por una lesión de rodilla. Daniel Ballard, central del Sunderland, tampoco. Shea Charles, mediocampista del Southampton y capitán del equipo, será el líder de un grupo que sabe que parte como víctima ante Italia. La diferencia en la jerarquía de los planteles es abismal. Las casas de apuestas otorgan a Italia una cuota de 1.31 por la victoria; a Irlanda del Norte, 13.64.
Pero O'Neill conoce este tipo de partidos. Dirigió a Irlanda del Norte en la Eurocopa 2016 en Francia, donde la clasificación fue celebrada como un hito generacional. Y sabe algo que la estadística no recoge: cuando una selección pequeña no tiene nada que perder, la presión cambia de bando. Todo el peso recae sobre Italia. Si Irlanda del Norte aguanta, si el partido se cierra, si los minutos pasan y el marcador no se abre, Bérgamo empezará a recordar a Palermo.
El duelo táctico: Italia contra el autobús
O'Neill planteará un bloque bajo de cinco defensas, líneas juntas, espacios reducidos. El objetivo es anular la profundidad italiana y obligarla a atacar por los costados con centros que la defensa norirlandesa pueda despejar. Isaac Price, mediocampista ofensivo, y Jamie Reid o Jamie Donley arriba intentarán ser la válvula de escape en las transiciones. Pero el plan es resistir, no competir en posesión.
Italia necesita paciencia, algo que no siempre ha tenido en estas instancias. En 2022, contra Macedonia del Norte, la ansiedad se apoderó del equipo a medida que el reloj avanzaba. Los centros se acumularon, los remates desde fuera del área también, y la precisión se diluyó en la urgencia. Gattuso ha trabajado para que esta vez sea diferente: las transiciones rápidas, la participación de los carrileros en ataque y la capacidad de Barella para romper líneas con conducción son las armas que deberían evitar el estancamiento.
El duelo clave será la capacidad de Retegui para generar espacios en una defensa cerrada. Si Italia marca temprano, el partido se abre y las diferencias individuales se imponen. Si no lo hace, cada minuto que pase alimentará el nerviosismo que ya tiene raíces profundas en el vestuario azzurro.
Lo que está en juego: el Grupo B y la identidad de una nación
El ganador de esta semifinal enfrentará el 31 de marzo al vencedor de Gales-Bosnia y Herzegovina. Si Italia avanza, la final se jugaría muy probablemente con los azzurri como locales, dado su mejor posición en el ranking FIFA. El premio final es un lugar en el Grupo B del Mundial 2026, junto a Canadá, Qatar y Suiza.
Para Irlanda del Norte, cualquier avance sería el mayor logro deportivo de su historia reciente. Para Italia, la cuestión no es de logro sino de supervivencia reputacional. Cuatro estrellas bordadas en la camiseta representan cuatro títulos mundiales. Tres Mundiales sin jugar representan algo que ninguna de esas estrellas puede compensar: la irrelevancia progresiva de una selección que fue referencia global durante ocho décadas.
Gattuso lo resumió antes del partido: es el encuentro más importante de su carrera como entrenador. Probablemente lo sea también para la Federación Italiana de Fútbol, que ya no puede permitirse otro ciclo de reconstrucción post-fracaso. Los sponsors se impacientan. Los aficionados se desencantan. La narrativa de la crisis se ha instalado en el imaginario colectivo italiano con una fuerza que ni la Eurocopa de 2021 pudo borrar.
El peso de la camiseta y el silencio que nadie quiere
En Bérgamo, esta tarde, 21.000 personas llenarán el New Balance Arena con la convicción de que esta vez será distinto. Que Gattuso no es Mancini ni Ventura. Que Retegui no es Immobile ni Berardi. Que el estadio compacto y ruidoso no es el San Siro de los silencios incómodos ni el Barbera de Palermo donde se consumó la última pesadilla. Todo apunta a que tienen razón: la diferencia de calidad entre Italia e Irlanda del Norte es enorme, y un equipo que tiene a Barella, Bastoni, Donnarumma y Retegui debería superar a una selección cuyos titulares juegan mayoritariamente fuera de la élite.
Pero eso mismo se dijo antes de Suecia en 2017. Y antes de Macedonia del Norte en 2022. Italia ha demostrado que en los repechajes su jerarquía no se traduce automáticamente en resultados. Que la presión actúa como un ácido que corroe la precisión, la calma y la lucidez. Que una selección con cuatro estrellas puede jugar como si no tuviera ninguna cuando el peso de la historia se convierte en lastre en lugar de impulso.
Si Italia gana, nadie recordará esta noche más que como un trámite necesario. Si pierde, Bérgamo se sumará a la lista junto a Estocolmo y Palermo. Y la Azzurra, tetracampeona del mundo, habrá convertido lo impensable en rutina: tres Mundiales seguidos viéndolos por televisión. Eso no es una crisis. Es una redefinición de lo que Italia representa en el fútbol contemporáneo. Y esa es la pregunta que Gattuso, Donnarumma, Barella y Retegui tienen noventa minutos para responder.


