La etapa de Joel Huiqui con Cruz Azul se resume fácil: mucha garra, pero nula recompensa. Fue un central cumplidor, de esos que sudan la gota gorda, y aun así se quedó con las ganas de levantar la copa. Pero, ¿qué falló realmente en esos años? Aquí le rascamos a los motivos de aquel bache eterno.
La afición celeste ya se la sabe con eso de la montaña rusa emocional. Con Huiqui en la zaga hubo destellos de un equipo grande, pero a la hora de la verdad —en esos minutos finales donde se deciden los campeonatos— la consistencia brilló por su ausencia.
El impacto de Joel Huiqui en la defensa
Huiqui llegó a Cruz Azul allá por 2004 y no tardó nada en adueñarse de la central. Tenía buen juego aéreo y sabía leer las jugadas antes de que pasaran. Gracias a eso, el equipo se la pasaba peleando arriba en la tabla de posiciones.
Pura mala suerte. Todo apunta a que el problema no era individual, pues aunque él cumplía, la defensa solía desmoronarse en los momentos de matar o morir por una fragilidad inexplicable que todavía se recuerda en la Noria.
La presión de la historia y la afición
Cargar con la cruz de no ganar desde el 97 no es cualquier cosa. La historia del club (que es pesadísima) se convirtió en un fantasma que perseguía a los jugadores en cada final y terminaba afectando el rendimiento cuando más se necesitaba cabeza fría.
Y la gente, aunque fiel a morir, también metía su dosis de nerviosismo. Ese ambiente de tensión en el estadio terminó pesando en las piernas de los futbolistas porque la ansiedad por cumplir les ganaba casi siempre.
Problemas estructurales y de gestión
No todo fue culpa de los que corrían en la cancha. La directiva puso de su parte con decisiones bastante cuestionables, sobre todo en el desfile de técnicos y fichajes que nomás no daban el ancho para un equipo de este tamaño.
Esa falta de continuidad mató cualquier proceso serio. Si cambias el plan cada seis meses, es imposible que el grupo mantenga el ritmo competitivo durante todo el año.
Reflexiones finales sobre la era Huiqui
A Huiqui se le quiere en la Noria, pero queda ese sabor agridulce de lo que pudo ser. Se partió el alma, eso nadie se lo quita, pero el entorno del club simplemente no ayudó a que su esfuerzo terminara en vuelta olímpica.
Su paso por el equipo es el vivo ejemplo de que el fútbol no siempre es justo con los que más trabajan.
Al final, queda ver si las nuevas camadas aprendieron la lección o si seguirán tropezando con la misma piedra que atormentó a Joel y compañía. ¿Llegará pronto el relevo que sí sepa manejar esa presión?
