A veces hace falta que venga alguien de fuera para decirnos lo que tenemos enfrente. Pasa en la vida. Y, por supuesto, pasa en nuestro fútbol. Mientras aquí nos la pasamos destrozando cada fin de semana el nivel de nuestro torneo, Paulinho acaba de soltar una declaración que a más de uno le va a mover el tapete.
"No saben el diamante que tienen; la Liga MX es buenísima". Así de directo. El brasileño, con todo el bagaje internacional que trae en los botines, no dudó en poner a la liga mexicana en un escalón que nosotros mismos nos negamos a reconocerle habitualmente.
El peso de la mirada externa
Lo que pocos notan es que esta no es la primera vez que un extranjero llega y se sorprende genuinamente. Pero las palabras de Paulinho tienen un eco diferente porque usa una metáfora muy precisa: un diamante. Algo valioso que necesita un buen trato para mostrar su verdadero brillo —porque el talento sin pulir no sirve de mucho—.
Y es que el jugador sudamericano o europeo que aterriza en México suele toparse con una pared altísima. Vienen pensando que será un retiro dorado. Un trámite. Luego pisan la cancha a las doce del día a más de dos mil metros de altura, o se meten a estadios donde la presión de la grada se siente en la nuca, y la realidad los golpea de frente.
La intensidad física y táctica de nuestra liga es brutal.
Eso es lo que hace que tipos con recorrido internacional terminen valorando la competencia mucho más que el aficionado promedio que la ve desde el sillón con el control remoto en la mano. Para un brasileño, acostumbrado a un fútbol de altísima exigencia técnica y calendarios infernales, venir a México y sorprenderse habla volúmenes. No es alguien que venga de una liga menor. Viene de una cultura donde el fútbol es religión, y aún así, encuentra en la Liga MX un reto que lo hace sudar en serio.
¿Por qué nos cuesta tanto creerle?
Aquí entra de lleno nuestra idiosincrasia. Nos encanta el drama.
Si la selección nacional anda mal, automáticamente asumimos que todo el sistema doméstico es una basura. Mezclamos peras con manzanas todo el tiempo. Pero todo apunta a que esta perspectiva de Paulinho no va a cambiar ni tantito la narrativa tóxica de los programas de debate. Esos que viven de reventar el producto nacional porque el enojo vende más que el análisis profundo.
Es un hecho que es mucho más rentable gritar crisis que sentarse a reconocer virtudes tácticas.
Pero detengámonos a pensar un segundo en la cancha. ¿Qué hace que una liga sea "buenísima" como dice él? La bendita imprevisibilidad. En otras ligas del mundo ya sabes quién va a ser campeón desde agosto. Es un guion aburrido. Aquí, el equipo que entra arañando el último boleto de la liguilla te puede armar un desastre táctico y levantar la copa unas semanas después. Esa locura competitiva es oro puro para el jugador. Te obliga a no relajarte nunca.
El choque cultural y la infraestructura
Paulinho entiende perfectamente de lo que habla cuando menciona el potencial del torneo. Cuando vienes de jugar en sistemas donde hay dos equipos ricos y dieciséis que apenas sobreviven económicamente, llegar a México es un choque cultural sumamente positivo.
Las instalaciones de los clubes de primera división aquí le compiten de tú a tú a las de equipos de media tabla en las mejores ligas de Europa. (Y a veces hasta las superan por mucho, aunque a los malinchistas les duela admitirlo en voz alta).
Los sueldos están al nivel de mercados top. La infraestructura médica, los estadios mundialistas, la logística de viajes y los centros de alto rendimiento de última generación. Todo suma para construir ese diamante del que habla el brasileño.
Todavía no está claro por qué la directiva del fútbol mexicano es tan mala para vender este producto hacia el exterior. Tenemos un torneo que atrae talento de selección nacional de varios países de Sudamérica, que paga sueldos de primer mundo y que exige físicamente al máximo. Si los mismos protagonistas te están diciendo que el nivel es alto, el problema entonces no está en el césped. Está en los escritorios y en cómo empaquetamos nuestro fútbol para que el mundo lo consuma de una vez por todas.
El reto de pulir la joya
Claro que no todo es un cuento de hadas. Si Paulinho habla de un diamante, implícitamente está diciendo que hay chamba por hacer. Una joya en bruto sigue siendo una piedra hasta que alguien se toma la molestia de trabajarla con cuidado. La lectura más honesta de esto es que la materia prima ahí está, latente. Los jugadores lo sienten en cada choque, en cada sprint de 40 metros, en cada cobertura defensiva. Hay talento de sobra en la cancha.
Pero las decisiones directivas son la tierra que opaca ese brillo. La falta de ascenso y descenso le quita el dramatismo puro a la parte baja de la tabla. La multipropiedad genera suspicacias innecesarias. Y los formatos de torneo que premian la mediocridad permitiendo que casi cualquiera califique, terminan por relajar a los equipos en la fase regular.
Es un alivio escuchar a un jugador que no viene a vender humo frente a los micrófonos. El brasileño pudo haber dado la típica declaración de casete, esa que todos nos sabemos de memoria sobre estar feliz y aportar un granito de arena. En lugar de eso, nos tiró un salvavidas de autoestima futbolística. Nos obligó a mirarnos al espejo y reconocer que no somos el desastre que creemos ser.
Lo que nos toca aprender
Nos quejamos amargamente de que no exportamos jugadores a Europa al ritmo que deberíamos. Nos frustramos cuando perdemos contra los equipos de la MLS en esos torneos inventados de verano que solo buscan exprimir la cartera del paisano en Estados Unidos. Todo eso es válido y merece su propia crítica.
Pero las palabras de Paulinho deberían servirnos como un cable a tierra urgente.
Tenemos una liga altamente competitiva. Un torneo que exige concentración, que castiga el error y que no perdona al extranjero que viene a caminar la cancha sintiéndose figura. El talento que viene de fuera lo ve con una claridad que nosotros perdimos hace años entre tanta queja.
Quizá va siendo hora de que dejemos de ver el vaso medio vacío todo el tiempo. No se trata de aplaudir ciegamente cada decisión absurda de los directivos, sino de aprender a separar las cosas. El juego en sí, lo que pasa en el rectángulo verde durante 90 minutos, tiene un nivel que ya quisieran tener en muchas otras latitudes. El diamante está ahí, enterrado bajo nuestro propio pesimismo. Al final, ¿queremos una liga para presumir o solo un pretexto para seguir haciendo berrinche cada domingo?


