Faltaban catorce minutos y el marcador seguía en contra cuando Guillermo Martínez, recién ingresado, se llevó el balón hasta el fondo. El centro que mandó al corazón del área no iba dirigido a nadie en particular, pero Luciano Herrera apareció donde debía y empujó el balón a la red. El Olímpico Universitario, que llevaba toda la tarde entre el silencio y el murmullo, soltó un grito que fue más alivio que celebración. Pumas empataba 1-1 ante Necaxa en la Jornada 5 del Apertura 2026, y ese punto, conseguido casi de milagro sobre la bocina, resumía en un solo gesto el estado anímico de un equipo que ya no juega para ganar, sino para no perder feo.
Doce minutos antes, Julián Carranza había puesto arriba a los Rayos con un cabezazo certero al minuto 76, el tipo de gol que castiga la desatención de una defensa que llevaba rato dando señales de fragilidad. Para Necaxa, ese tanto llegaba después de una semana amarga: los de Martín Varini venían de caer 2-1 ante León y necesitaban puntos con urgencia para frenar una racha que empezaba a incomodar. Durante casi ochenta minutos, el plan les funcionó a la perfección. Después, no.
Una afición que ya no perdona
Para entender por qué un empate en casa se siente en CU casi como una derrota hay que retroceder a julio, cuando Esteban Solari debutó en el banquillo de Pumas con una goleada 3-0 ante Pachuca que terminó, además, con su expulsión desde el borde de la cancha. El argentino, que regresó al club casi veinte años después de colgar los botines como jugador, llegó con el peso simbólico de conocer la institución desde adentro y con la exigencia, igual de simbólica, de devolverle títulos a una afición que no se conforma con procesos a mediano plazo.
Desde entonces, Solari ha ido administrando la crisis con una honestidad poco habitual en el gremio. Tras el empate sin goles ante Querétaro que precedió a este partido, admitió sin rodeos que el equipo está "en deuda con la afición". No es una frase protocolaria: los universitarios ya han sido abucheados dentro de su propio estadio esta temporada, y la exigencia de resultados inmediatos convive mal con un proyecto que apenas lleva cinco jornadas de vida. El dato que Solari puede esgrimir a su favor —siete puntos en cuatro partidos antes de este duelo, un arranque mejor que el de Efraín Juárez en el Apertura 2025— sirve de poco cuando la gente en las gradas exige algo más parecido a certezas que a comparaciones estadísticas.
El partido que no fue de Pumas hasta que casi se acaba
Durante el primer tiempo, ninguno de los dos equipos encontró la manera de romper el cero, y el partido se movió más en el terreno de la frustración que en el del fútbol asociado. La polémica arbitral tampoco ayudó a bajar la tensión: al minuto 59, con Marco Antonio Ortiz Nava como árbitro central, Pumas reclamó un penal por presunto contacto de mano que el silbante desestimó, una decisión que alimentó el descontento de una grada ya predispuesta a la desconfianza.
El complemento se le fue de las manos a Pumas cuando Carranza cabeceó el 1-0 al 76, aprovechando un balón que la zaga universitaria no logró despejar con contundencia. Solari respondió desde la banca con una batería de cambios —Israel Luna, Luciano Herrera, Alan Medina, Pablo Bennevendo y el propio Guillermo Martínez— que terminó teniendo el efecto buscado, aunque por la vía más ajustada posible. El empate de Herrera al 88, tras el centro de Martínez, llegó quince minutos después del ingreso de ambos jugadores, en el tramo del partido donde los cambios de un entrenador suelen medirse con más severidad que en cualquier otro momento.
Dos procesos que se miran al espejo
Del otro lado, Martín Varini vive una situación distinta pero con ecos similares. El técnico llegó a Necaxa para el Clausura 2026 y ha tenido que administrar un vestuario que oscila entre remontadas que devuelven la fe —como la conseguida ante Atlante en julio— y tropiezos que la vuelven a poner en duda, como la derrota reciente ante León. Su lectura del empate en CU fue directa: "Merecíamos ganar", dijo, y no le faltaban argumentos después de dominar el marcador durante casi todo el complemento. Para Necaxa, el punto sumado en la capital sabe a oportunidad desperdiciada más que a botín rescatado.
El historial reciente entre ambos equipos —cinco triunfos para cada lado y cuatro empates en los últimos catorce cruces— confirma que este es un duelo sin favorito claro, y el resultado de este sábado no hizo más que reforzar esa paridad. Lo que sí queda claro es que ninguno de los dos proyectos, el de Solari ni el de Varini, ha terminado de convencer a su gente. Pumas evitó, por centímetros y por un cambio de banca bien leído, sumar una nueva jornada de abucheos. Necaxa, en cambio, se va con la sensación de que el punto que dejó en el Olímpico Universitario pudo —y según su entrenador, debió— haber sido tres.
Las siguientes fechas dirán si el gol de Herrera fue el primer síntoma de una reacción real o apenas un parche sobre una herida que en CU sigue abierta. Para Solari, cada partido que no se gana suma presión; para Varini, cada punto que se escapa sobre el final reabre la pregunta de si Necaxa está condenado a repetir el mismo guion.
